martes, 22 de junio de 2010

domingo, 6 de junio de 2010

Como una alegre canción de danza VI

Enrique López Castellón

El cantor y danzante es, en segundo lugar, la encarnación de una nueva aristocracia. El cantor es Vogelfrei, esto es, un fuera de la ley, un proscrito, un forajido, que baila por encima de toda ley humana y, por supuesto, por encima de toda moral. Pero ese cantante bailarín es también un príncipe; su ethos es el ethos señorial que entiende el amor en términos de pasión –lo cual, según señala Nietzsche en el aforismo 260 de Más allá del bien y el mal, “constituye una invención de los caballeros-poetas provenzales, de aquellos hombres magníficos e ingeniosos de la gaya ciencia, a los que tanto debe Europa, empezando tal vez por su propia existencia”. Sus herederos serán esos representantes de la nueva aristocracia a los que se refiere Nietzsche en el aforismo 337, destinados a condensar en un solo sentimiento “lo más antiguo y lo más nuevo; las pérdidas, las esperanzas, las conquistas, las victorias de la humanidad”, todo lo cual ha de reportarles la felicidad de un dios. Sus precursores en el mundo de hoy son los sin miedo, los apátridas, los incomprensibles, los póstumos o –como señala Nietzsche a Gast, recogiendo la idea de la gaya ciencia –“los alegres sapientes”. “Para el futuro – escribe el autor a este mismo amigo-, abrigo la esperanza de que en Niza se constituya una pequeña pero excelente sociedad de esta fe en la Gaya Scienza; y en espíritu le he dado ya a usted, como al primero, el espaldarazo de entrada en esta nueva orden”.

En tercer lugar, la gaya ciencia es el saber de los espíritus libres. Es sabido que la figura del “espíritu libre” ocupa un lugar central  en esta etapa de transición nietzschana (1876-1882). El espíritu libre –según observa con acierto E. Fink – no es el antitipo del santo, del artista ni del sabio metafísico, sino la metamorfosis de éstos cuando toman “consciencia de sí”, esto es, cuando dejan de creer que Dios está fuera, que la ley moral es una instancia ajena que les constriñe, y que el más acá solo representa la manifestación de un más allá esencial. En este sentido, el espíritu libre se identifica con el espíritu que ha acabado poseyéndose a sí mismo al comprender –no teóricamente, sino vitalmente, desde la óptica de la vida- el carácter ficticio de la trascendencia de lo bueno, lo bello y lo santo, por lo que se descubre a sí mismo como el que dicta los valores, el que puede proyectarlos, el que tiene la posibilidad de invertir los valores vigentes. Dice Fink: “El sentimiento de que, con el final del idealismo, surgen por vez primera las grandes posibilidades del hombre, domina al hombre: es su gaya ciencia”.

La constatación vital de que Dios ha muerto, de que el hombre es el creador de los valores y que, por consiguiente, tiene el poder de invertirlos, y de que no hay un más allá que otorgue sentido a este mundo, sino que debe decir sí a la vida hasta el punto de esperar, desear y asumir con amor el eterno retorno de lo mismo, , ha de producir en el hombre que es lo bastante fuerte para ello una profunda alegría. Es entonces cuando la ciencia se vuelve gaya, alegre; cuando “necesitamos un arte petulante, flotante, bailarín, burlón, infantil, y sereno, para no perder nada de esa libertad por encima de las cosas que espera de nosotros nuestro ideal” (aforismo 107); cuando comprendemos que el trabajo y la sensatez no están reñidos con el júbilo (aforismo 327), que reír significa regocijarse de un prejuicio, pero con la consciencia tranquila (aforismo 200). La gaya ciencia tiene pues, que ver con la recuperación de la salud, con el logro de “la gran salud”, con la embriaguez de la curación, con la fiesta que, para quien ha sufrido debilidades, dolores y privaciones sin cuento, supone el restablecimiento del vigor y de la energía que creía perdidos. Y es que – como señala Nietzsche en su prólogo- “de semejantes abismos, de semejante enfermedad grave, se vuelve regenerado, con una piel nueva, más delicada, más maliciosa, con un gusto más refinado para la alegría, con una segunda y más peligrosa inocencia en el goce, más ingenua a la vez y cien veces más refinada de lo que nunca lo había sido antes.”

En suma, la grave enfermedad que implica la alienación de las pseudotrascendencias constituye la condición previa, en quien es lo suficientemente fuerte para superarla sin sufrir una recaída mil veces peor, que permite la maestría en el arte  sublime de la gaya ciencia. El desenmascaramiento crítico y frío del ilustrado deja paso a la danza feliz del embriagadoramente liberado. Con ello, el positivismo científico se torna gaya ciencia.

domingo, 23 de mayo de 2010

Como una alegre canción de danza V

Enrique López Castellón

Nietzsche tituló su nuevo libro Die frohliche Wissenschaff, esto es, “La Ciencia Alegre”. En su segunda edición, para aclarar quzá el sentido de su expresión, subtituló la obra con la terminología italiana a la que quería referirse en su traducción literal al alemán. La Gaya Scienza. Con este nombre solía designarse la poesía de los trovadores provenzales en los siglos XIII y XIV. En su versión francesa, gai savoir hace referencia a la maestría en el arte de rimar, en general. La Real Academia de la Lengua Española admite como castellana la expresión “La Gaya Ciencia” para designar “El Arte de la Poesía”. Está pues, de más toda especulación acerca del alcance semántico que Nietzsche trata de dar aquí al término alemán Wissenschaff o al italiano Scienza, que en modo alguno corresponde al uso vigente en el siglo XIX y XX, es decir, a un saber sistematizado y estructurado, con métodos específicos, basado en la experimentación. “Ciencia” es más bien aquí saber técnico, o mejor “arte”, capacidad para versificar, para expresar con facilidad, gracia y elegancia la esencia de un pensamiento o de un sentimiento, aceptando el reto de las leyes  de la métrica y de la rima; maestría para componer poemas de contenido lírico dedicados a ser cantados y bailados. En última instancia – como ya señaló Nietzsche en El nacimiento de la tragedia-, se trata de “ver la ciencia con la óptica del artista, y el arte con el de la vida”.

En numerosos momentos acota Nietzsche este significado. Así, fuera de todo equívoco, escribe a Erwin Rohde: “por lo que se refiere al título de mi último libro, solo he pensado en La gaya scienza de los trovadores.” Aún más, la segunda edición , merced del prólogo rimado, a las canciones añadidas al final, y al significativo aforismo con el que acaba en libro V, parece responder mejor al título y a la intención del filósofo. La concepción provenzal de La gaya scienza es, según Nietzsche en Ecce Homo, “esa síntesis de cantor, caballero y espíritu libre, que diferencia de todas las culturas ambiguas  la maravillosa y precoz cultura de los provenzales.” Veamos por separado los elementos de esta síntesis.

En el último aforismo del libro V al que antes me refería, los espíritus de la obra asaltan al autor entre carcajadas y le conminan a que abandone su tono lúgubre y misterioso, y a que entone una canción sencilla  y alegre al son de un rústico instrumento. Lo que importa no son tanto las palabras del cantor, sino su música, su melodía que, con un tono jovial, desenfadado y etéreo, debe acomodarse a la mañana radiante que simboliza el nuevo saber que se vislumbra a trazos entre los numerosos aforismos del libro. En carta a Peter Gast señala Nietzsche: “Mi estado actual, “in media vita”, quiere expresarse también en sonidos: no puedo desprenderme de esta idea. Y está bien así: antes de lanzarme por mi nueva ruta, tengo que tocar instrumentos de viento y cuerda”. En esta misma línea señala a Franz Overbeck: “Este estado intermedio entre el pasado y el futuro lo designo en vita media, y el genio de la música que, después de muchos años, de nuevo me ha visitado, me ha forzado a hablar de él en sonidos.”

Esta cuestión no es baladí, Nietzsche ha tomado consciencia del contrasentido que supone expresar su “filosofía del futuro”, en la prosa al uso de los libros eruditos y académicos, habida cuenta de que las reglas gramaticales están ya determinadas por las concepciones vigentes del mundo y el hombre, y por ello resultan inapropiadas y contraproducentes para expresar un nuevo saber que ha de empezar cuando su propio medio de comunicación y transmitir estados de exultante y contagiosa alegría, ágil y ligera incite irresistiblemente a una danza graciosa, ágil y ligera por encima de todo lo que hasta ahora ha estado pesando sobre el hombre. Si los pensamientos son la sombra de nuestros sentimientos –como se nos dice en el aforismo 179-, y no podemos expresar con palabras ni siquiera nuestros propios pensamientos (aforismo 244), ¿cómo transmitir la desbordante ebullición que experimenta en su interior el filósofo al que adviene el nuevo saber, “la esperanza suprema” que supone el eterno retorno de lo mismo? “Cogí al vuelo esa idea –se lamenta Nietzsche en el aforismo 298- y eché mano a toda prisa de las primeras palabras que se me ocurrieron para retenerla y que no se me escapara. Pero la aridez de mis inapropiadas palabras mató la idea, que ahora está colgada de ellas y bamboleándose. Cuando la considero, apenas sé ya cómo tuve la suerte de coger ese pájaro” (aforismo 298). El sentimiento y la idea han de traducirse en canción. El lirismo y la poesía de Así habló Zaratustra están, pues, haciendo ya acto de presencia en las páginas de La Gaya Ciencia. Pero, ¿por qué esta música ha de ser una canción de danza? Nietzsche se lo confiesa abiertamente a Rohde: “Mi estilo es una danza, un juego de simetrías de toda especie y un atropello y mofa de esas simetrías. Ello llega hasta a la selección de las vocales”. La danza es para Nietzsche el símbolo del movimiento que realiza su tipo de ciencia, que limpia el cielo del hombre de nubes, de los embustes de poderes sobrehumanos y de consolaciones ficticias y contrarias a la vida. Por otra parte, la alegría ha de ser expresada por la totalidad del cuerpo, pues, como señala en La voluntad de poder, “si en mí hay alguna unidad, no consiste desde luego en un yo consciente, en la sensibilidad, en la voluntad, en el pensamiento: se encuentra en otra parte, en la sabiduría total de mi organismo ocupado en conservarse, en asimilar, en eliminar, en prevenir todo peligro; mi yo consciente no es más que un instrumento”.

lunes, 17 de mayo de 2010

Probando configuración

Este es solo un post de prueba para probar configuración.

Visto a distancia

F. Nietzsche

Este monte constituye todo el encanto del pasaje que domina, lo que le da prestigio: al haberlo constatado cientos de veces, nos encontramos en un estado de ánimo tan poco razonable y a la vez tan llenos de agradecimiento hacia el monte que ejerce esa seducción que lo tenemos por el elemento más seductor del paisaje –de este modo, lo escalamos y quedamos decepcionados. De repente, todo el monte con todo el paisaje que rodea, por debajo de nosotros, parecen perder su encanto; habíamos olvidado que muchas grandezas, como muchas bondades, pedían que se les mirase a distancia y sobre todo desde abajo, no desde lo alto, –solo así producen efecto. Tal vez conozcas a personas de tu alrededor que no pueden considerarse a sí mismas más que a cierta distancia para sentirse simplemente aceptables, atractivas o capaces de dar fuerzas; hay que desaconsejarles que se conozcan a sí mismas.

sábado, 3 de abril de 2010

Como una alegre canción de danza IV

Enrique López Castellón

La Gaya Ciencia es, sin duda, la obra más personal de Nietzsche. Realmente, su redacción supuso para él una especie de terapia contra sus dolores, su soledad y su desorientación vital, en una época de decepciones y esperanzas, a la búsqueda de un entorno geográfico y social que le asentase y equilibrase. Por eso cuando está a punto de publicarse esta obra, escribe a Erwin Rohde: “sin un objetivo que no fuera para mí indeciblemente importante, no hubiera podido mantenerme arriba en la luz y sobre las aguas oscuras. Esta es, en realidad, mi única disculpa por esta especie de literatura que estoy cultivando desde 1876; es mi receta y la medicina preparada para mí mismo contra el hastío de la vida. ¡Qué años! ¡Qué interminables dolores! ¡Qué perturbaciones internas, revoluciones, soledades! ¿quién ha soportado tanto cómo yo?. Leopardi, desde luego, no. Y si hoy me encuentro sobre todo ello, con la alegría de un triunfador, cargado con nuevos, difíciles proyectos y, como yo me conozco, con la perspectiva de nuevos sufrimientos y tragedias, más difíciles  y todavía más íntimos, y con el valor para hacerles frente, nadie puede tomarse a mal que yo tenga una idea de mi medicina. Mihi ipsi scripsi (‘escribí para  mí mismo’), y a ello hay que atenerse; y de igual manera, cada uno debe hacer a su modo lo mejor para sí mismo. Esta es mi moral, la única que me queda todavía. Si hasta mi salud corporal sale a luz, ¿a quién se lo debo? En todos los extremos he sido yo mismo mi propio médico, y como alguien en el que no se da nada separado, he tenido que tratar de una vez y con los mismos medios alma, espíritu y cuerpo. Concedido que otros se aniquilarían con mis medios; por eso también, en nada me afano más que en prevenir de mí. Este último libro especialmente que lleva el título de La Gaya Ciencia, hará que muchos retrocedan espantados, quizá tú también, mi querido y viejo amigo Rohde. En él se encuentra una imágen de mí, y sé muy bien que esta imagen no es la que llevas de mí en tu corazón. Por eso, ten paciencia, aunque sólo sea porque tienes que darte cuenta de que mi problema es: o vivir o morir así.”

La cita es larga pero resulta inprescindible para conocer el estado de ánimo del autor y la función subjetiva que cumple la obra que tenemos delante. En esas mismas fechas escribe a Lou Salomé, la inteligente muchacha que con los mejores propósitos le ha presentado en Roma su entrañable amiga Malwida von Meysenbug. Las palabras que Nietzsche le dirige al conocer el consentimiento de ésta de convertirse en su alumna y su amanuense, constituyen un balance de la época del autor que ahora se cierra: “¡El cielo se ha despejado para mí! Ayer al mediodía hubiera podido decirse que era mi cumpleaños. Usted me envío su promesa de venir a verme, el más hermoso regalo  que nadie hubiera podido hacerme, mi hermana me mandó cerezas, Teubner los tres primeros pliegos impresos de mi Gaya Ciencia, y para rematar todo ello acababa de terminar la parte última del manuscrito y con ello la obra de seis años (1876-1882), toda mi espiritualidad libre. ¡Qué años! ¡Qué tormentos de toda especie, que soledades y qué hastío de la vida! Y contra todo ello, casi contra la vida y la muerte, me he compuesto ésta mi medicina, éstos mis pensamientos con sus pequeñas franjas de cielo despejado sobre mí. ¡Ay, mi querida amiga! Cuantas veces pienso en todo ello, me siento transtornado y emocionado, y no sé cómo ha podido lograrse. Compasión por mí mismo y el sentimiento del triunfador  me inundan por completo. Es, en efecto, un triunfo y un triunfo completo, ya que hasta la salud del cuerpo – yo no sé de dónde – ha salido de nuevo a luz y todo el mundo me dice que parezco más jóven  que nunca. ¡El cielo me proteja de locuras!” Y añade Nietzsche en franca contradicción con lo que, como veíamos antes, expresaba meses atrás: “ No quiero estar más solo, y quiero aprender de nuevo a ser hombre” ¡Ay, aquí me queda todavía casi todo por aprender!” Pocas veces muestra el filósofo con tanta sinceridad su deseo de comunicación humana. Parece que Nierzsche ha llegado a comprender su imposibilidad de desprenderse de los demás, sin desprenderse a la vez de sí mismo, sin desgarrar irremediablemente su yo. Y es que, como ha apuntado acertadamente Fernando Savater, “ser un egoísta racional es aceptar en la práctica que el primero y más fundamental de los instintos egoístas es superar la soledad. Superarla, abolirla. Ser yo mismo, lo mejor y el más largo tiempo posible –cifra condensada en los anhelos egoístas- es algo que solo puedo conseguir por medio de la relación con los demás. Los otros me permiten ser yo,  me rescatan con su mirada, su complicidad, su compañía o su hostilidad del reino indistinto de las cosas donde mi subjetividad se perdería para disolverse en prosaica objetividad. O soy yo con y por los otros o soy cosa, es decir, no-yo, renuncia a lo subjetivo”. Pero, ¿y si se renuncia a lo subjetivo? ¿Y si ese destino al que Nietzsche se propone amar le reserva dolor y soledad? ¿Cómo interpretar ese dolor y esa soledad de forma que sea posible decir sí a la vida? ¿Qué solución cabe?  ¿Enmascarar con la careta del héroe solitario que se sitúa por encima de su época la incapacidad para la comunicación, la debilidad para la lucha inerindividual que se opera en el seno de la cotidianidad social? ¡Interpretar lo subhumano en términos sobrehumanos?

En cualquier caso, Nietzsche es consciente de la necesidad de las caretas en el trato con los demás, aunque en ocasiones, –como en su relación con Lou Salomé- el otro capte con cuánta torpeza se enmascara. Lou Salomé constata eso  casi con crueldad: “Recuerdo  que la primera vez que me dirigió la palabra –era en la Iglesia de San Pedro de Roma, en una mañana de primavera-, lo harto rebuscado de sus gestos y de su forma de expresión me sorprendió y me indujo en error sobre su ser. Pero pronto me di cuenta de que este espíritu solitario soportaba su máscara con tanta torpeza como el campesino el traje nuevo recién comprado en la ciudad. Uno pronto llegaba a plantearse sobre su particular la pregunta que él mismo formulaba en éstos términos: ‘En todo cuanto un hombre deja entrever de sí mismo, estamos fundamentados a preguntar: ¿qué es lo que quiere ocultar? ¿qué prejuicio espera despertar en nosotros? Y aún más: ¿hasta dónde llega el refinamiento de esta ocultación? ¿qué errores cometa al disfrazarse así? Su cortesía exterior  era el reverso de su soledad interior, esta soledad a la luz de la cual importa asir toda la vida espiritual de Nietzsche y que constantemente crece a su alrededor, como cada vez más, a sacarlo todo de sí mismo.”.

La Gaya Ciencia cierra, ciertamente, una etapa de la filosofía Nietzscheana. Pero el episodio de su frustado intento de matrimonio con Lou Salomé que se produce meses después de la aparición de este libro, y su subsiguiente alejamiento de su amigo Rée, determinan también un nuevo período en la vida del pensador, caracterizado por el acrecentamiento de sus sufrimientos y de su soledad. Nietzsche llegará a interpretar así el destino que el azar ha impreso en su carácter: “La soledad absoluta me parece cada vez más mi fórmula esencial, mi pasión fundamental; a nosotros nos incumbe provocar este estado, en el seno del cual creamos nuestras obras más hermosas, y es preciso saber sacrificarle muchas cosas.”.

¿Estamos ante una nueva máscara? ¿Es el orgullo herido quien inspira este tono voluntariamente distante? ¿Es su misantropía la respuesta al rechazo de otros? ¿No traicionan a Nietzche sus súplicas, su búsqueda dolorosa de las amistades perdidas, o incluso la exarcebada afirmación de su superioridad, de la trascendencia de su misión? Los retratos de Nietzsche que han llegado hasta nosotros testimonian la acentuación de estos conflictos, de estas antinomias que de ordinario nos esforzamos en atenuar, mientras que el filósofo las atizó como para encontrar en ellas la fuente de su inspiración, la leña de la que se alimentaría la hoguera en que quiso  consumirse.

Autoridad e Individuo I

Bertrand Russell

En todos los animales sociales, incluyendo el hombre, la cooperación y la unidad de un grupo  se fundan, en cierto modo,  en el instinto. Esto es más completo en las hormigas o en las abejas, que aparentemente nunca  muestran inclinación a efectuar actos antisociales y permanecen fieles al hormiguero o a la colmena. Hasta cierto punto podemos admirar  este rígido cumplimiento del deber público, pero hay que reconocer que tiene sus inconvenientes, pues ni las hormigas ni las abejas crean grandes obras de arte, ni hacen descubrimientos científicos, ni fundan religiones que enseñan que todas las hormigas son hermanas. Su vida social es, en efecto, mecánica, precisa y estática. Pero nosotros no tenemos inconveniente en que la vida humana tenga un elemento de turbulencia si con es nos libramos de un estancamiento evolutivo semejante.

El hombre primitivo era una especie débil y escasa, cuya supervivencia fue precaria en su principio. En alguna época sus antepasados descendieron de los árboles y perdieron la ventaja de tener pies con dedos prensiles, pero ganaron la de tener brazos  y manos. Gracias a esta evolución consiguieron no tener que vivir ya en los bosques, pero, en cambio, los espacios abiertos por los que se diseminaron les proporcionaban una alimentación menos abundante de la que habían disfrutado en las selvas tropicales de África. Sir Arthur Keith calcula que el hombre primitivo, para proveerse de alimentos, necesitaba dos millas cuadradas de territorio por individuo, y otros estiman en mucho más el total del territorio requerido. A juzgar por los antropoides y las comunidades más primitivas que han sobrevivido  en los tiempos más modernos, los primeros hombres debieron haber vivido en pequeños grupos no mucho mayores que familias, que podemos calcular de cincuenta a cien individuos. Al parecer, dentro de cada grupo existía un  grado bastante considerable de cooperación, pero se mostraban hostiles con los otros de la misma especie siempre que entraban en contacto con ellos. Mientras el hombre fue una especie escasa, el contacto con otros grupos fue ocasional y, la mayoría de las veces, de poca importancia. Cada uno tenía su propio territorio y los conflictos solo se producían en las fronteras. Es indudable que nuestros primeros antepasados, apenas humanos, no obraban conforme a normas reflexivas y deliveradas, sino que, seguramente, se guiaban por un mecanismo instintivo: el doble mecanismo de la amistad dentro de su propia tribu  y la hostilidad hacia todas las demás. Como la tribu era tan pequeña, cada individuo conocía íntimamente a los otros, de modo que este sentimiento amistosos era coextensivo con mutuo conocimiento.

La familia era, y sigue siendo, el más fuerte y el más instintivamente compulsivo de todos los grupos sociales. La institución de la familia es necesaria entre los seres humanos por la larga duración de la infancia y por el hecho de que la madre de las criaturas tropieza con serias dificultades en la tarea de adquirir alimentos. Esta circunstancia fue la que, tanto entre los seres humanos como entre la mayoría de las especies de aves, ha hecho del padre un miembro esencial en el grupo de la familia, lo que probablemente impulsó la división del trabajo, dedicándose el hombre a la caza mientras la mujer permanecía en el hogar. Desde el punto de vista biológico, la transición de la familia a la tribu pequeñaprobablemente estuvo relacionada con el hecho de que la caza resultaba más eficaz si se hacía de forma cooperativa y, sin duda, desde tiempos muy remotos, la cohesión de la tribu aumentó y se desarrolló gracias a los conflictos con otras tribus.